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| La joven Adrienne von Speyr, en 1918 |
Fue la primera mujer que ejerció la profesión de médico en Suiza y tuvo una vida marcada por intensas iluminaciones desde la infancia, vividas con una cierta incomodidad debido a su confesión protestante de nacimiento.
Se convirtió al catolicismo con treinta y ocho años, en 1940, tras un largo periodo de crisis y búsqueda, poco después de haber conocido al jesuita Hans Urs von Balthasar, uno de los mayores teólogos católicos del siglo XX.
Permaneció siempre unida a él por una intensa relación espiritual, e inició con él una proficua colaboración intelectual.
Toda su misión de médico la dedicó al prójimo, a la que unió una intensa vida familiar — se casó una segunda vez al quedarse viuda — y, sobre todo, una intensa vida espiritual, centrada de manera particular en el misterio trinitario.
Punto de origen de su teología creativa es, de hecho, la Trinidad de Dios, que desde la eternidad ama, dialoga, crea.
Esta cercanía al centro del misterio cristiano, junto con la claridad y la fuerza expresiva de su escritura, hacen de su obra una de las más penetrantes e incisivas presentaciones de la doctrina cristiana.
Para Adrienne von Speyr la vida de fe es fuente de alegría y de paz, aunque no se le ahorra al creyente (como tampoco al místico) la cruz: en este sentido son importantes sus experiencias relacionadas con el Sábado Santo.
La segunda parte de su vida, una vez alcanzada la paz espiritual después de la conversión, estuvo marcada por enfermedades graves, grandes sufrimientos y, por último, por la ceguera.
Murió en 1967, después de haber recibido el don de los estigmas, precisamente el día de la fiesta de San Hildegarda, también ella médico y mística.



