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| Sandra Elam con su hijo Ryan |
-¡Pero tienen que aprender cosas sobre Dios!
- No hay Dios- le espetó él.
- Claro que hay un Dios
- No hay Dios -gritó él-. Y si llevas a los niños a la iglesia, les enseñaré a ser ateos -amenazó.
A partir de ese momento, no se hablaba de Dios en el hogar de Sandra Elam. No volvieron a misa durante años. Nunca rezaron. La Navidad tenía que ver con Papá Noel, no con Jesús. Sandra apenas conocía la historia del niño Jesús.
La única vez que hojeó una Biblia para niños se encontraba en la sala de espera del consultorio médico.
Cuando era niña a veces se encomendaba a lo Alto diciendo “Querido Dios, o Jesús, o quien quiera que seas”, pero pronto dejó esta práctica. En su adolescencia cantó en el coro parroquial, pero no sentía nada especial. “La Iglesia me parecía aburrida y sus rituales vacíos: sus palabras no significaban nada para mí”.
Atea durante 30 años
Éste es el recuerdo más certero que tiene Sandra Elam sobre el inicio de su educación sin Dios: “Fui atea durante 30 años. Pensaba que los cristianos eran extremistas fanáticos. Mi alma estaba tan oscura que no podía entender por qué algunas personas se oponían al aborto y a la eutanasia. Nunca había oído hablar de la cultura de la muerte, aunque me estaba ahogando en ella”.
Sandra se especializó en historia griega, romana y medieval en la universidad. Un día le preguntó a su profesor judío de Historia Romana: “¿Vivió Jesús o fue un mito?”. Él respondió: “Sí, Jesús realmente vivió, no hay duda de ello. ¿Por qué no lees el Evangelio de Mateo?“.
Lo hizo, “pero la Palabra de Dios cayó sobre la puerta cerrada de mi alma”, reconoce. Después de graduarse, Sandra se convirtió en alguien antagónico al cristianismo, negándose a dejar que su marido católico colgara un crucifijo en su hogar. “Sentía desprecio por los que creían en Dios. Crecí siendo una mujer enfadada, amargada, siempre dispuesta a juzgar a los demás”, relata.
“Podría haber otras verdades ahí fuera”
El “viaje” hacia el cristianismo le llevó a Sandra dos años. Todo comenzó en 1995 de una manera más bien casual. Estaba escuchando hablar a un autor sobre la incapacidad de los niños para leer y escribir de forma temprana y cómo la fonética podía ayudarles a avanzar más rápido.
Sandra lo probó con sus hijos, enseñándoles fonética, y en el plazo de seis semanas estaban leyendo. “Poco a poco mi mente se abrió a la posibilidad de que podría haber otras verdades ahí fuera”.
En el movimiento por la reforma educativa conoció a muchos cristianos que estaban interesados en la enseñanza de la fonética igual que ella. Bob Sweet, presidente de The National Right to Read Foundation fue el primero que con acciones y con palabras, sembró la semilla de la fe en Sandra.
“El primer gran paso en mi vida cristiana fue cuando mi esposo Tom y yo inscribimos a nuestros hijos en un colegio protestante basado en la fonética, en septiembre de 1996. Era el único que nos podíamos permitir económicamente. Los dos estábamos preocupados por su educación y no queríamos que se convirtieran en fanáticos religiosos, así que estudié cuidadosamente el plan de estudios de la escuela y me sentí aliviada al descubrir los libros de texto eran rigurosos”, explica Sandra.
Con sus hijos Rebecca y Kevin redescubrió la Biblia: “Me avergüenza decir que la mayoría de las historias eran nuevas para mí”.
Mero Cristianismo, de C. S. Lewis
Además, su hermana le regaló Mero Cristianismo, de C.S. Lewis, que fue el libro que le convenció de que Dios existe.






