viernes, 7 de diciembre de 2012

Peter, hermano del célebre ateo Christopher Hitchens, se convirtió ante un cuadro del Juicio Final

Una tarde de primavera de 1967, Peter, de quince años, salió a jugar al campo de su colegio en Cambridge. Sacó la Biblia de su mochila y le prendió fuego, en un acto simbólico y real de rechazo contra todo lo que, a lo largo de su infancia y adolescencia, su familia le había animado a creer. Pero la Biblia no ardió con rapidez y fiereza, como él esperaba. Sólo después de soplar un buen rato consiguió que el libro se inflamara del todo, aunque, lamenta, se quedó «con un desagradable y medio carbonizado lío, y todo mi público se había marchado antes de que eso sucediera».

Esta historia podría ser quizá una de tantas si no fuera porque quien la cuenta es hermano de uno de los ateos más conocidos y reputados de las últimas décadas, Christopher Hitchens, fallecido hace apenas un año y autor de libros como Dios no es bueno: alegato contra la religión, ¿Es el cristianismo bueno para el mundo? o Dios no existe. El hermano de Christopher, Peter, siguió sus pasos rápidamente como respuesta a su ambiente familiar. «Me comprometí con una rebelión completa y perfecta contra todo lo que había sido educado para creer», explica.

Un perfil completo
Esa rebelión completa de Peter incluía todas las maneras posibles para hacer desesperar a sus progenitores: «Comportarme como un delincuente juvenil, utilizar un lenguaje grosero, burlarme de los débiles (había un chico en silla de ruedas en mi año que se convirtió en un vergonzoso objetivo para este impulso), insultar a mis mayores, y, finalmente, quebrantar la Ley. Los detalles completos serían aburridos para la mayoría de la gente y desagradables para mi familia. Digamos que incluyen algunas peleas políticas con la policía, escarceos con las drogas ilegales, un arresto por tener un arma ofensiva y casi matar a alguien o a mí mismo debido a mi irresponsabilidad criminal mientras conducía una motocicleta», resume en su libro The rage against God: how atheism led me to faith [Rabia contra Dios: cómo el ateísmo me condujo a la Fe]. En un aspecto más personal, Hitchens lamenta además que «también hubo innumerables actos de traición menor o mayor, ingratitud, deslealtad, deshonra, incumplimiento de promesas y obligaciones, cobardía, rencor o egoísmo puro».

Un fallido «Tratado de Paz» con su hermano Christopher
Vivió su juventud en los años 70, convencido de que había conseguido sobrevivir a los «mitos paternalistas» de Dios, de los ángeles y del Cielo. «Teníamos la medicina moderna, la penicilina, los motores a reacción, el Estado de Bienestar, las Naciones Unidas y la Ciencia, que explicaba todo lo que necesitaba ser explicado», continua. Su juventud también estuvo marcada por un alejamiento que parecía definitivo de su hermano Christopher, con quien venía arrastrando una mala relación desde la infancia. Tanto es así que su padre les obligó a firmar un «Tratado de Paz» y lo colgó en la pared con un marco rojo. «Para mi vergüenza, fui yo quien lo arrancó de su marco y borré mi firma con ira, antes de reanudar las hostilidades. Nuestra rivalidad duró 50 años, y la religión fue una de sus causas posteriores», reconoce.

Reflexión sobre la muerte

Su lento regreso a la fe comenzó en la década de los 80, cuando ya tenía 30 años. En ese momento, Peter era bueno en la profesión que había elegido, el periodismo, y podía permitirse el lujo de unas agradables vacaciones con su novia. Pero, de repente, dejó de evitar las iglesias: «Observé que en las grandes catedrales inglesas, pero también en muchas parroquias pequeñas, había mensajes inquietantes. Uno de ellos era la inevitabilidad de mi propia muerte. El otro era el hecho indudable de que mis antepasados no eran rudos ni ignorantes, sino que eran hombres y mujeres de gran habilidad e ingenio, con una genialidad que no estaba bloqueada o en contradicción con la fe, sino que era aumentada y mejorada por ella», explica.

Un cuadro fundamental
Fue una pintura la que jugó el papel fundamental para el retorno a la fe de Peter: El Juicio Final de Rogier van der Weyden, que vio en Borgoña mientras estaba de vacaciones. «Me había burlado de que estuviera mencionada como importante en la guía turística, pero de repente me encontré con la boca abierta, observando cómo las figuras desnudas huyen hacia las puertas del Infierno». Lo más importante para Peter es que esas personas no le parecían lejanas en el tiempo, no eran de la antigüedad, sino que las sentía como de su propia generación: «Precisamente porque estaban desnudos, no habían quedado atrapados en ninguna época ni en ninguna moda. Ellos eran yo y la gente que yo conocía», admite. «Tuve una repentina sensación fuerte de que la religión es una cosa también de nuestros días, no encarcelada bajo gruesas capas del tiempo. Van der Weyden seguía ganando su cuota casi quinientos años después de su muerte», ironiza el escritor.

Perdiendo la fe en la política
Al poco tiempo redescubrió la Navidad, una época que había despreciado durante años, y se unió a un carol service (actos organizados por las parroquias en Gran Bretaña para cantar villancicos y leer el Evangelio en las semanas previas a Navidad) de una iglesia en una tarde de invierno, «tímido y ansioso por no ser visto», reconoce.

«Sabía perfectamente que lo estaba pasando bien, aunque no estaba dispuesto a admitirlo. También sabía que estaba perdiendo la fe en la política y mi confianza en la ambición, y tenía una urgente necesidad de otra cosa sobre la que construir el resto de mi vida», continúa. Y el siguiente paso fue, para sorpresa de todos, casarse por la Iglesia. «Recuerdo sin duda las palabras de la homilía que escuché durante nuestro matrimonio en la iglesia de St. Bride, que despertaron en mí pensamientos que yo había olvidado durante largo tiempo. Estaba entrando en mi heredad como un inglés cristiano, como hombre y como ser humano. Fue la primera cosa correcta que había hecho nunca como adulto», asegura.

Utopías terrenales de poder
Durante muchos años, a Peter le dio cierta vergüenza confesar su fe, salvo cuando se sentía en un ambiente favorable: «Se trata de un efecto secundario del ataque cada vez mayor sobre el cristianismo en la sociedad británica que ahora ya he superado», explica. «Ser cristiano es una cosa. Luchar por una causa es otra, y ahora es mucho más fácil reconocer que en los últimos tiempos la religión cristiana está amenazada. ¿Por qué hay tanta furia contra la religión ahora? Porque la religión es la única fuerza fiable que se interpone en el camino del poder de los fuertes sobre los débiles. La única fuerza fiable que restringe la mano del hombre poderoso. En una época de poder, la religión cristiana se ha convertido en el principal obstáculo para el deseo de utopías terrenales de poder absoluto», afirma con rotundidad.

Un debate que le hizo recuperar a su hermano

Y mientras Peter se acercaba de nuevo a la fe y se afianzaban sus creencias, el camino de su hermano Christopher era exactamente el contrario. Se hizo famoso por sus virulentos ataques contra la religión cristiana en particular, y por su férrea defensa literaria de la no-existencia de Dios en general. Ambos hermanos llegaron incluso a celebrar debates públicos sobre la existencia de Dios en la televisión y la radio. En 2008 tuvieron su último debate. Fue encarnizado y Peter decidió no participar en ninguno más. En el libro The Rage Against God: How Atheism Led Me to Faith explica que, contra lo que se podía esperar, precisamente fue ese debate el comienzo del cambio de su relación. Algo cambió entre ellos. «Nuestros padres habían muerto y llegamos a la conclusión de que no queríamos que esto se convierta en un circo ambulante habitual».

Una semana antes ya habían estado hablando sobre ello: Christopher no rechazó las creencias de Peter y le preparó una estupenda cena en la que recordaron su infancia y trabajaron por dejar atrás sus diferencias de los últimos cincuenta años: «Me sorprendió ver que la pelea más larga de mi vida parecía haber terminado de forma inesperada, tantos años y tantos miles de kilómetros después de haber comenzado en nuestro tranquilo hogar de Inglaterra», reconoce Peter. «De hecho, podrían ser ciertas, como siempre he esperado que serían, las palabras de T. S. Eliot, que dicen que "el final de toda nuestra exploración será llegar donde empezamos y conocer el lugar por primera vez"». Tanto es así, que una semana antes de la muerte de Christopher debida al cáncer hace un año, Peter estuvo con él en el hospital, tal y como relató en el Daily Mail

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