miércoles, 21 de diciembre de 2011

La Agonia del ferroviario- una historia de perdon-


 Ya son las once de la noche y el padre O`Malley mira por la ventana !qué tormenta tan terrible! !qué bueno depositarla carga de tola la jornada y preparase para dormir en la soledad del presbiterio! Sin embargo, ignora que aquella noche, Dios tiene otro plan para su servidor…

El teléfono suena. Una llamada del hospital de Auburn. Una voz femenina le suplica: “soy Betty, una enfermera. Venga rápido, padre. Lo llamo desde la sala donde estoy de servicio hay un hombre que quiere ver a un sacerdote. Está muy mal, no pasara la noche. ¡ es urgente!”

El padre O`Malley sabe que en la costa oeste de estados unidos estas violentas tormentas no perdonan en la radio anuncian amenaza de inundaciones. Tiene un recorrido de 45 km por delante ¡y de noche! Es verdaderamente arriesgado… y para el dia siguiente el programa de la parroquia se anunciaba pesado. La tentación de la cama se presenta sutilmente en él. 

Iré lo mas pronto posible- responde a la enfermera, a pesar suyo - ¡No se cuanto me tomara con este tiempo de perros!

La llamada de esta alma fue mas fuerte, y allí va el padre O´Malley, enfrentando las lluvias torrenciales que incesantemente amenazan con bloquear el camino. Fueron necesarias cuatro largas horas para recorrer aquella distancia. En el hospital, Betty estaba aguardando su llegada y lo conduce de inmediato a la habitación de Tom, su paciente. El hombre esta moribundo, los síntomas no engañan.

-¡me dijeron que deseaba ver a un sacerdote!

El padre ha recogido toda la dulzura y la delicadeza que Cristo ha depositado en él en el curso de su vida sacerdotal. Ha aprendido a respetar el infinito valor de un alma, sobre todo en su última hora. El hombre abre los ojos:

-fuera de aquí! ¡no quiero verlo!

El asunto pinta mal. Entristecido, pero no desanimado, el padre O´Malley se sienta tranquilamente y se sumerge en la oración. Deja pasar una buena hora , luego lo intenta nuevamente:

-¿quiere que hablemos un poco?

Misma reacción violenta del hombre que esta vez lo manda directamente “de paseo”. Idéntica reacción del perseverante sacerdote que vuelve a sentarse y sigue intercediendo en paz. Tímidamente, el día despunta y algunas luces asoman por la ventana. La ciudad, lavada por la tormenta, comenzará pronto a vibrar. ¿Esta preciosa alma partirá sin la paz de Dios?

El sacerdote esta nuevamente atraído por un imán hacia la cama.

-estoy seguro de que usted desea hablar, ¿no es cierto?

-Bueno de todas maneras, ya no tengo para largo… ¡es mejor desrícelo! Soy alcohólico. Vivo solo sede hace mucho tiempo cuando era joven, tenía un buen empleo como ferroviario. Era mecánico hace unos treinta años, una noche estallo una gran tormenta y todos los de mi servicio se refugiaron en una pequeña cabaña. Nos emborrachamos. Debía llegar un tren, y yo era responsable de cambiar las señales. Me levanté y fui a levantar la señal para que el tren tomara los rieles correctos pero con mi dosis de alcohol, puse las señales al revés. Entonces ocurrió la desgracia: el tren tomó una vía que debería haber permanecido libre y embistió a un automóvil que atravesaba ese paso a nivel. En el auto iba toda una familia: padre, madre, dos niñas… todos murieron. Era cerca de navidad. Eso… nunca pude perdonármelo. Entonces, me fui, lo deje todo, y me refugie en las montañas. Hace treinta años que vivo solo, como un salvaje.

Tom prorrumpe en sollozos. Ha depositado su drama en el corazón de ese desconocido y toda la pesadilla le vuelve a la memoria, su vida arruinada, esa desgracia irreparable, y la culpabilidad que lo corroe sin tregua. No sospecha ni por un instante el estado de shock en que ha puesto a su interlocutor con esta terrible confidencia. El corazón del sacerdote está desecho, pero no es el momento de dejarse llevar por las emociones. El hombre puede morir en cualquier instante; no se puede perder ni un solo segundo. El sacerdote invita a Tom a que le entregue todos sus pecados a Dios y a recibir la absolución. Su voz tiembla porque para él también un terrible drama vuelve a su memoria:

-Sabe, en el auto, esa noche de navidad, el padre y la madre iban con sus dos hijas… pero también tenían un niño pequeño que se había quedado en casa. Y ese niño… ese niño… ¡era yo ¡

Tom asombrado, intenta incorporarse, pero no puede proferir palabra

-tiene mi perdón, Tom… ¡está perdonado!, murmura el sacerdote con quien susurra un secreto muy intimo.

A la salida del sol, el hombre se desliza hacia la muerte, ya no le tiene miedo a Dios. Si el niño salvado ha perdonado lo imperdonable, ¿Dios puede aun retener la falta?

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